Era martes.
El tablero decía que íbamos bien.
Los números estaban en verde.
El cronograma estaba actualizado.
La IA que usábamos incluso sugería que podíamos adelantar una entrega.
Todo indicaba que el proyecto estaba sano.
Pero no lo estaba.
Lo supe cuando entré a la reunión y nadie discutió nada.
Demasiado orden.
Demasiado acuerdo.
Demasiado rápido.
Uno de los founders habló quince minutos seguidos.
Nadie lo interrumpió.
Nadie cuestionó nada.
Todos asentían.
En el tablero no aparecía ese dato.
En el dashboard no había ninguna alerta.
Pero el proyecto ya estaba empezando a romperse.
En algún momento empezamos a creer que gestionar proyectos era gestionar tareas.
Que si el roadmap está claro, el resto fluye.
Que si el presupuesto cierra, la cultura se acomoda sola.
Que si una herramienta predice riesgos, entonces estamos cubiertos.
Y no.
Los proyectos no se caen porque el Excel esté mal armado.
Se caen porque alguien dejó de decir lo que piensa.
Porque alguien perdió confianza.
Porque alguien está agotado y no se anima a admitirlo.
Eso no lo detecta ningún algoritmo.
En POMO trabajamos con estructuras elásticas. Y mucha gente piensa que eso significa eficiencia. Lo es.
Pero no es lo más importante.
Lo más importante es que una estructura elástica permite ajustar tensiones antes de que exploten.
Porque un proyecto, en el fondo, es un sistema emocional.
Hay expectativas.
Hay egos.
Hay miedos.
Hay ambición.
Hay inseguridad.
Y todo eso convive mientras alguien intenta cumplir una fecha.
La IA puede optimizar el sistema técnico. Pero alguien tiene que sostener el sistema humano.
Ese martes nadie dijo nada.
Hasta que pregunté algo simple.
Si no tuviéramos que quedar bien en esta reunión, ¿qué dirían?
Hubo silencio. Un silencio incómodo.
De esos que duran apenas unos segundos pero parecen largos.
Y después alguien dijo:
No creo que estemos construyendo lo correcto.
Ahí empezó el verdadero trabajo.
No cambiar el cronograma.
No rehacer el backlog.
No mover fechas.
Sino recuperar la honestidad.
Ese día entendí algo que hoy tengo claro.
La integridad no es una cualidad moral decorativa. Es una herramienta de gestión.
Cuando alguien puede decir la verdad, el proyecto respira.
Cuando no puede, el proyecto se asfixia en silencio.
Estamos entrando en una era donde la inteligencia artificial va a hacer cada vez más cosas mejor que nosotros.
Va a planificar mejor.
Va a predecir mejor.
Va a optimizar mejor.
Pero no va a sentir cuando el equipo dejó de creer.
No va a percibir la micro tensión en una frase.
No va a intuir que lo que está en discusión no es el feature, sino el liderazgo.
Cuanto más inteligente se vuelve la tecnología, más importante se vuelve la emoción.
Cuanto más automatizamos decisiones, más valiosa se vuelve la intuición.
Cuanto más eficiente es el sistema, más crítica es la integridad.
El futuro del Project Management no es competir con la IA.
Es dejar que haga lo suyo. Y concentrarnos en lo que siempre fue el verdadero núcleo del trabajo.
Sostener personas mientras construyen algo incierto.
Porque al final del día, ningún proyecto fracasa por falta de inteligencia.
Fracasa porque alguien dejó de decir lo que pensaba.
Y todavía no existe algoritmo que reemplace eso.
Julieta Magan
Founder de POMO
Impulsando la cultura del trabajo flexible y la gestión de proyectos elástica a través de POMO.
