Cómo POMO ayudó a ordenar la gestión entre administración y estudio contable para que un cliente pudiera trabajar con más claridad, menos errores y todo mucho más al día.
Hay problemas que no empiezan por falta de trabajo, sino por falta de conexión.
Pasa más de lo que parece: dos equipos trabajan para el mismo cliente, ambos sostienen partes clave de la operación, pero no tienen una dinámica real de trabajo en conjunto. Cada uno avanza desde su lado, resuelve lo suyo y, en el medio, empiezan a quedar huecos.
Cuando esos huecos no se gestionan, aparecen los problemas: temas sin seguimiento, falta de control, información que llega tarde, errores que se detectan meses después y una operación que, aunque sigue en marcha, no termina de estar verdaderamente ordenada.
Eso fue exactamente lo que pasó en este caso.
Por un lado, estaba el equipo que llevaba la administración del cliente. Por otro, el estudio contable. Las dos empresas trabajaban para el mismo negocio, pero no había una metodología compartida, ni espacios de alineación, ni una dinámica clara de seguimiento entre ambas partes.
Ahí fue donde POMO empezó a aportar valor.
El problema no era la falta de trabajo, sino la falta de articulación
Desde afuera, podía parecer que el problema estaba en las tareas. Pero en realidad, el punto más crítico estaba en cómo se conectaban —o mejor dicho, cómo no se conectaban— las áreas involucradas.
Los principales problemas eran claros: los equipos no se hablaban entre sí, no había suficiente control sobre el estado de los temas, muchas tareas no se llevaban al día y algunos errores de facturación o conciliación recién saltaban meses después, cuando corregirlos era mucho más complejo. A eso se sumaban la falta de capacitación, la ausencia de criterios compartidos y la falta de seguimiento real de pendientes.
No era un problema de voluntad.
Era un problema de estructura.
El rol de POMO: ordenar la forma de trabajar
Desde POMO acompañamos a RPA Consulting con una lógica muy concreta: no solo organizar tareas, sino ordenar la dinámica de trabajo entre las partes.
Porque cuando dos equipos distintos sostienen el servicio de un mismo cliente, lo importante no es solamente qué hace cada uno, sino cómo se articulan entre sí.
Y ahí el aporte no fue solo operativo. También fue humano: entender qué estaba pasando en cada equipo, dónde estaban las frustraciones, qué necesitaba cada persona para trabajar mejor y qué tensiones se estaban generando por la falta de claridad, seguimiento o respuesta entre áreas.
Muchas veces, cuando una dinámica se desordena, no solo se traban los procesos: también se desgastan las personas. Por eso, parte del trabajo fue escuchar, interpretar esas necesidades y ayudar a construir una forma de trabajo más clara, más previsible y más saludable para todos.
Cómo fue el proceso de trabajo
La mejora no vino de una sola acción aislada. Vino de sostener una metodología.
1. Relevamiento inicial
El primer paso fue hacer un relevamiento para entender dónde estaban los errores, qué cosas no se estaban haciendo al día, qué información faltaba entre las áreas y en qué puntos exactos se trababa el trabajo.
Eso permitió identificar no solo los problemas visibles, sino también las causas de fondo: falta de comunicación, ausencia de seguimiento, errores detectados tarde y poca claridad sobre responsabilidades y pendientes.
2. Weeklys como metodología de trabajo
Una vez detectados los principales puntos de conflicto, se empezó a trabajar con reuniones semanales.
Estas weeklys no eran reuniones generales sin foco, sino espacios concretos para revisar status, pendientes, bloqueos, próximos pasos y qué necesitaba cada equipo del otro para avanzar.
Eso ayudó a algo fundamental: hacer visible el trabajo compartido.
3. Minutas con responsables y seguimiento
Después de cada reunión, se armaba una minuta con los temas tratados, los pendientes detectados y la asignación concreta de responsables.
La lógica era que cada tema bajara a la acción, con seguimiento de una semana a la otra, para evitar que los asuntos se diluyeran o quedaran sin resolución.
4. Seguimiento constante de pendientes
Además de ordenar los temas en cada weekly, se hacía seguimiento puntual de lo que había quedado asignado en la reunión anterior.
Eso permitió sostener continuidad, controlar avances, destrabar temas frenados y evitar que los pendientes se perdieran en el día a día.
5. Orden operativo e integración entre áreas
Con esta metodología, se empezó a ordenar la dinámica de trabajo entre administración y estudio contable, mejorando la comunicación, el control y el cumplimiento de deadlines.
A partir de ahí, se pudo avanzar en llevar al día la administración, la facturación, las conciliaciones y otros procesos clave, reduciendo errores y detectándolos mucho antes.
Qué cambió concretamente
Lo que se logró no fue solamente una mejor comunicación.
Se ordenaron cosas muy concretas: la relación entre administración y estudio contable, el seguimiento de pendientes, el cumplimiento de deadlines, la visibilidad de bloqueos y necesidades entre áreas, la actualización de la administración y las conciliaciones, y la detección temprana de errores.
Con una dinámica más ordenada, empezó a aparecer algo que antes faltaba: control real. No desde un lugar burocrático, sino desde un lugar sano y operativo. Saber qué estaba pasando, qué faltaba y qué había que priorizar para no llegar siempre tarde a los problemas.
De weekly a monthly: una señal de que el sistema empezó a funcionar
Uno de los mejores indicadores de que el proceso se fue acomodando fue que, con el tiempo, la dinámica de seguimiento pudo cambiar.
Al principio, la frecuencia semanal era necesaria para ordenar, sostener el foco y acomodar temas arrastrados. Después, cuando el trabajo empezó a tomar más ritmo y los circuitos estuvieron más claros, esa misma dinámica pudo pasar de weekly a monthly.
Y eso dice algo importante: el objetivo no era generar dependencia, sino ayudar a construir una forma de trabajo más ordenada y sostenible en el tiempo.
Lo más valioso: dejar de trabajar en paralelo
Uno de los mayores aprendizajes de este caso es que muchas veces el problema no está en la capacidad técnica de los equipos.
El problema está en que cada uno trabaja desde su lado, sin un puente claro entre una parte y la otra.
Y cuando eso pasa, incluso equipos muy buenos pueden terminar generando fricción, demora o desorden sin quererlo.
Ahí es donde una metodología de PM aplicada a la operación hace una diferencia real.
Porque a veces no hace falta sumar más recursos. Hace falta sumar conexión, seguimiento, orden y alguien que ayude a que todas las piezas trabajen como sistema.
El valor de POMO en este tipo de procesos
Desde POMO trabajamos justamente sobre eso: ayudar a que las cosas pasen, pero con estructura.
A veces ese valor está en coordinar. A veces en ordenar prioridades. A veces en sostener reuniones, seguimiento y deadlines. Y muchas veces está en conectar equipos que, sin una metodología común, terminan funcionando en paralelo.
Pero también está en algo igual de importante: poner una mirada humana sobre la operación. Entender qué estaba pasando en cada equipo, cuáles eran las frustraciones acumuladas, qué necesitaba cada persona para poder avanzar mejor y cómo bajar tensión en una dinámica que ya venía desgastada.
En este caso, el aporte estuvo en acompañar a RPA Consulting para ordenar la dinámica entre dos empresas que trabajaban para un mismo cliente, mejorar la integración entre áreas y transformar una operación desarticulada en una forma de trabajo mucho más clara, más controlada y más sostenible.
Porque cuando cada área sabe qué tiene que hacer, qué necesita de la otra y qué está pendiente para poder avanzar, el trabajo deja de trabarse y empieza a fluir.

Julieta Magan
Project Manager
Impulsando la cultura del trabajo flexible y la gestión de proyectos elástica a través de POMO.
